sábado, maio 22, 2010

Comunicación

Cuando me acerqué a la caseta de los churros, tratando de que no se me notara la emoción, nadie estaba por ahí. Eran justo las nueve y media y a esa hora todos estaban mirando el espectáculo que acababa de empezar en el otro lado de la plaza. ¿Pero… y donde estaba mi padre?

En el día de Nuestra Señora de los Ángeles se cumplía en mi pueblo una estricta rutina: por la mañana los toros, al medio día almuerzo en el monte de San Blas, por la tarde actividades deportivas y por la noche espectáculo musical con alguno de los artistas del verano. Sin embargo la caseta de los churros estaba ahí todo el día, a uno de los lados de la gran plaza de la iglesia. Era aburridísimo, yo y mi padre teníamos que estar ahí todo el día, incluso cuando no había nadie porque estaban todos en el monte o mirando el espectáculo. Mi padre decía que por si acaso venía alguien mejor estar abiertos todo el día. La mejor hora era por la tarde, cuando se estaban realizando las actividades deportivas. Todos tenían hambre, o gula, y aburridos con los niños que cada año corrían más despacio y tenían menos fuerza, se dedicaban a comprar churros para toda la familia.

Mi padre insistía en que siempre le acompañara:

- Cuando seas mayor no quiero que me acompañes, si estás estudiando será para algo, pero por ahora que solo tienes 14 años y que estás de vacaciones, te hace muy bien la responsabilidad y trabajar un poco de vez en cuando.

Y con esta cantiga me arrastraba, cada año, para la caseta de los churros.

- Pero papá, mis amigos van andar por ahí jugando y divirtiéndose, y yo encerrado en la caseta. ¡No es justo!
- ¿No es justo? Juegas todo el año, te pido que me acompañes un día al año ¿y me dices que no es justo?...
- Al menos déjame salir un poco, durante las actividades deportivas, me gustaría participar…
- Ya sabes que por la tarde es cuando más te necesito, cuando viene más gente. ¿En que actividad quieres participar?
- En la corrida de sacos. Mis amigos van.
- Vale, pues apúntate… pero sales de la caseta únicamente para esa corrida. ¿De acuerdo?

Y así quedamos. Miré con detenimiento la agenda de actividades y decidí que estaría fuera de la caseta entre las siete y las ocho de la tarde. Sería solamente una hora, pero me llegaría para cumplir mi promesa. En realidad yo no quería participar en la corrida de sacos, nunca me había gustado la actividad física (yo era el típico muchacho regordete más dedicado a los libros y a vigilar las actividades de mi madre en la cocina que propiamente amante de las actividades deportivas). Pero... estaba enamorado por primera vez, y había prometido a la chica más guapa del pueblo que nos veríamos detrás de la Iglesia a las siete de la tarde del día de Nuestra Señora de los Ángeles.

No podía aguantar los nervios y me preocupaba no saber que le diría a Luna cuando estuviéramos juntos detrás de la iglesia. Nos conocíamos de siempre pero nunca habíamos hablado a solas. La quería hacía tiempo pero solo en esa última semana había tenido el valor de lanzarle un billete, en forma de avión, a través de la ventana abierta de su habitación y la inmensa dicha de recibir su respuesta de la misma forma pasados dos días. Yo, por si acaso, mantenía siempre abierta mi ventana. Ese billete me convirtió en el chico más feliz del mundo.

- Querido Samuel, gracias por tu billete y por tu invitación a un paseo. ¿Te parece que nos veamos a las siete de la tarde del día de Nuestra Señora de los Ángeles detrás de la iglesia? Ya sabes que debemos vernos a escondidas, por mis padres, ya sabes. Con cariño, Luna.

Mi respuesta fue inmediata:

- Querida Luna, te prometo que nadie se enterará. Te esperaré a las siete. Gracias por aceptar. Con cariño, Samuel.

Pero cuando llegué, detrás de la iglesia no había nadie. Esperé, esperé, y nadie apareció… desesperé. Di una vuelta por la plaza, saludé de lejos a mi padre, asistí a una parte de la corrida de sacos, volví a detrás de la iglesia y no encontré a Luna. Eran casi las ocho cuando decidí acercarme a su casa. Miré su ventana, estaba abierta. Pensé en lanzarle otro billete, pero mi corazón pedía más. Lleno de valor toqué el timbre. Nadie contestó. Volví a la iglesia. Encontré a Sara, llorando. Sara era una amiga a quién alguien acababa de humillar, por alguna peripecia desafortunada en la corrida de sacos. La abracé y sin que se diera cuenta lloré con ella. Estuvimos hablando un buen rato. Le conté de Luna, ella me contó miles de cosas. Sara era una chica muy tímida, en nada parecida a Luna. Tampoco físicamente se parecían. Luna tenía la piel muy clara, los ojos azules y el pelo rubio. Sara era pelirroja, llena de pecas y con los ojos verdes. Pero en ese momento, hablando con ella, imaginé que estaba con mi querida Luna, que ella había aparecido y que íbamos a estar cerca para el resto de nuestras vidas. Cuando nos despedimos ella me dio un beso en la mejilla y yo le correspondí con uno en los labios, discreto… mi primer beso. Mi primer beso falso.

Cuando, ya tarde, volví a la caseta de los churros mi padre no estaba. Entré en pánico. Durante varios minutos me quedé inmóvil, aguardando su llegada y preparando mi defensa. Alguien se acerco y me pidió 6 churros. Despaché el pedido y al levantar la mirada vi mi padre acercándose.

- Ya estoy aquí. Tardaste mucho en la corrida de sacos ¿eh? ¿Qué tal te fue?
- Bueno, di una vuelta después de la corrida… pero ya estoy aquí hace tiempo… y… quedé en el medio, más o menos…
- Bien, muy bien, y gracias ¿eh? Es que me apeteció ver un poco del espectáculo, pensé turnarme contigo, sé que este cantante a ti no te gusta. Pensé que estarías a punto de llegar… ya sabes, para no dejar esto sin nadie mucho tiempo.
- Si, hiciste bien, llegué hace tiempo. La caseta no quedó sola.

Últimamente se me daba muy bien mentir. Respiré hondo y pensé en Luna y en mi primer beso… después pensé en Sara… y de pronto el estomago empezó a dolerme.

Días más tarde me encontré con Luna en la calle y le pedí explicaciones. Pero Luna no entendía nada… y yo tampoco entendí nada. Di el caso por perdido, éramos dos almas desencontradas.

Fue algún tiempo más tarde, cuando Luna ya era mayor y estudiaba en la ciudad, que un día al pasear por su calle, me dio por mirar esa ventana abierta y percibí gente dentro, una chica estudiando. Entonces sospeché que los billetes los recibía y escribía su hermana más pequeña, burlándose de mí. Probablemente yo no había acertado con la habitación.

De todas formas yo ya me había olvidado de Luna y de Sara antes de cumplir los 15 años. Pero jamás olvidaré el momento, cuando en el año siguiente, mientras vendíamos churros en la plaza de la iglesia, mi padre me dijo guiñándome el ojo:

- Oye, si alguien te espera vete a dar una vuelta, el año pasado lo hicimos bien, ¿verdad?

sábado, maio 08, 2010

Algo Pequeñito

http://www.youtube.com/watch?v=IGlKLUujURk

domingo, maio 02, 2010

As coisas que não controlo

As coisas que não controlo
que não entendo por mais que estude
arrastam-me para o sofá
onde me resigno esperando luz.

Esperar… tão pouca coisa…

E na confusão do desconhecido,
eu também me sinto capaz
de criar num segundo, en dois passos,
um Deus poderoso que me livre do medo,
e me adormeça nos seus braços.

National Geographic POD